Por Ángel Simarro
Hace aproximadamente 40 años nacía Internet, una nueva herramienta de comunicación que cambiaría la concepción del tiempo y del espacio. Una de las primeras conclusiones de aquella invención fue la posibilidad de establecer una comunicación entre dos o varias personas separadas por miles de kilómetros. Este hecho provocó un gran entusiasmo, pero ¿por qué? Hace 40 años los seres humanos ya podían comunicarse entre ellos fuera cual fuese la distancia, ahora bien, no a la misma velocidad. Con la invención de Internet no se celebraba una apertura comunicativa sin límites, se daba la bienvenida a la propulsión acelerada de la sociedad.
Vivimos siguiendo un movimiento rectilíneo uniforme, empujados hacia adelante y sin la posibilidad de contemplar aquello que constituye cada uno de los infinitos puntos de la recta que seguimos. Leemos de manera superficial, pues en muchas ocasiones nos encontramos sumergidos en océanos de información que no tenemos tiempo de tratar. Hablamos con nuestros amigos y familiares y terminamos las reducidas conversaciones con un equivalente discursivo del siguiente enunciado: «a ver si tenemos tiempo, nos tomamos un café y hablamos». Esto caracteriza a nuestra sociedad.
Esta circunstancia, tratada por numerosos expertos que han aportado datos y precisiones mucho más complejas que las que un servidor puede dar, se ha visto sin duda agravada por la crisis sanitaria de los últimos años. Este acontecimiento inédito – pienso en mi generación – nos ha obligado de manera violenta a darle sentido a todo aquello que Internet nos había transmitido (fuese malo o bueno), entregando a algunas personas – sobretodo los más jóvenes – a los peligros de la desinformación; pues lo más importante es la «velocidad».
La sociedad es sin duda víctima de un ritmo caracterizado por una aceleración que comienza a poner en peligro muchos de los valores y principios que han permitido generar la estabilidad social. Y lo más curioso es que la solución puede que sea «acelerar» pero de manera negativa. Esta es la estructura que los científicos han utilizado para decir aquello que se conoce como «frenar».
Deja un comentario